La
crisis mundial que estamos sufriendo, y una visión retrospectiva nos certifica
que es algo cíclico, con periodos de bonanza de unos diez años y periodos de
caída y recuperación de otros tantos, debe hacernos reflexionar sobre el modo
en el que se afrontan los retos de vida y los programas de desarrollo
intracomunitarios, al menos, a nivel europeo.
La
dependencia de las subvenciones nos hacen olvidar en muchas ocasiones la
fragilidad de las estructuras locales y enmascaran la realidad de las
limitaciones con las que funcionan las áreas más desfavorecidas de los Estados
miembros. Poner en práctica los mismos mecanismos de ayuda que se utilizan para
el mal llamado Tercer Mundo, irremediablemente no llevarán a los mismos
resultados: áreas deprimidas sistemáticamente que sobreviven gracias a sistemas
de ayudas externas, vulnerables siempre a los condicionantes económicos de los
países donantes, y que nunca aprenden a subsistir por sus propios medios porque
no se incide convenientemente en el único modo de hacerlo eficazmente: el
desarrollo autónomo.
En
nuestro país se reciben fondos estructurales que sistemáticamente maquillan las
condiciones precarias de los pueblos de las zonas más deprimidas,
involucrándolos en inversiones en infraestructuras poco o nada planificadas,
basadas en “grandes intereses” que dejen constancia publicitaria de lo que fue
una determinada gestión, pero sin estar sustentadas por un adecuado análisis
que tenga en cuenta la realidad de la zona y lo que representará en el futuro,
en épocas de “vacas flacas”, el mantenimiento de esas infraestructuras con unos
recursos claramente insuficientes.
Sería
interesante conocer la cantidad de obras que o están sin entregar a los
receptores finales, administraciones locales, o las que se han quedado o se
quedarán sin poder utilizarse por falta de recursos de mantenimiento (incluido
el personal de dotación para su funcionamiento) Seguro que nos llevaríamos las
manos a la cabeza sorprendidos por la ingente cantidad de cientos de miles de
euros que se han gastado (que no invertido) en aras de un mal planificado
desarrollo rural, principalmente. ¿Y ahora qué? Hemos empezado la casa por el
tejado, no hemos invertido en consolidar el arraigo poblacional rural ni en
dotar a nuestros pueblos de lo más elemental: un modo de vida estructurado y
robusto, inmune a los avatares de los vaivenes de la Economía mundial, de un
sistema flexible que se acomode a las circunstancias impuestas por la
globalización de un modo ágil, y de un procedimiento que los haga
autosuficientes en la mayor medida posible.
España,
gran centro turístico tradicional de sol y playa, creo, desde mi humilde
opinión, sigue aplicando los mismos criterios de promoción turística que se
emplearon en los años 70 del siglo pasado, con los que se pretendió, y
consiguió, el gran “boom” turístico de esa época, y que gracias al
mantenimiento de las condiciones climáticas ha perdurado casi cuatro décadas
(no obstante, los nuevos centros turísticos de los países del Este mediterráneos,
abiertos recientemente a la filosofía occidental del “tiempo libre de playa”,
están comiendo la partida al gran jugador español, quien tiene que considerar
seriamente si cómo se hacen las cosas es el mejor modo de hacerlas) Para el
Turismo Rural hemos aplicado esos criterios tradicionalmente válidos:
crecimiento desmesurado sin un control exhaustivo, oferta llamativa cuidando
exclusivamente las formas, pero olvidando que la educación del turista, el
cuidado del entorno objeto de visita y el desarrollo estructural de la zona es
algo esencial para que ese Turismo Rural no sea una moda pasajera, no sea una
“gallina de los huevos de oro” prematuramente “reventada” por un afán
desmesurado de conseguir rendimientos extraordinarios a corto plazo.
Mucho
deberían decir las Administraciones Locales y Autonómicas al respecto, y mucho
más las Estatales, quienes en tiempo de crisis no toman la iniciativa de
promocionar y favorecer insistentemente el turismo nacional frente a los miles
de españoles que centran sus objetivos vacacionales allende nuestras fronteras.
Así pues, como yo entiendo la cuestión y
vislumbro el panorama ideal, necesariamente el modelo a seguir tendrá que pasar
por conseguir autosuficiencia y basar los modelos de desarrollo no sólo en
ayudas externas sometidas a fluctuaciones, sino dar especial preponderancia a
las labores de voluntariado, que convenientemente articuladas y publicitadas,
serán el eje motor de desarrollo en la recuperación y rehabilitación de los
entornos rurales, para los que necesariamente tendremos que basar su futuro no
en grandes expectativas de crecimiento fulgurante, sino en pasos firmes y
pausados con la vista puesta en las tradiciones, una forma ancestral de
entender el desarrollo sostenible, que irremediablemente supondrá la gran
puesta en valor de esos entornos, haciéndolos atractivos para los amantes del
Turismo Rural y para otros muchos que verán en ellos una alternativa al “sol y
playa” nacional o a los centros turísticos extranjeros.